EL NEGRO PABLO Y EL NAUFRAGO

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Sus pies se enterraron en la arena húmeda, y Pablo sonrió. Percibió sus dedos apretando la atarraya; le ilusionó lo que podría pescar con ella. El supo, — porque la mar estaba revuelta con el aguacero de la noche anterior — que la red no estaría perezosa y le procuraría cualquier pescado bien grande para cocinarlo él mismo, ayudado por los carbones bajo la parrilla.

Esta ilusión lo movió a través de la orilla de la playa, describiendo el sendero de sus huellas, en busca de su cayuco. Cuando de pronto, escuchó un jadeo entrecortado, como de bestia herida.

Al principio pensó que se lo estaba imaginando, pero luego, cuando lo volvió a oír, sintió que se le erizaban los pelos de la nuca; no obstante, permaneció con la mirada atenta y el paso seguro. Dos minutos después se tropezó con el náufrago.

Tenía el aspecto desmadejado, sucio y moribundo que corresponde a un verdadero escapado de la boca hambrienta del mar. Pablo – el pescador con atarraya -, nunca había visto a una persona tan cubierta de algas y conchas marinas. Y cuando se le acercó, el olor salado de las oquedades del océano le golpeó las aletas de la nariz, hasta tal punto, que el hedor le provocó ganas de vomitar. Pero pudo más la lástima, tuvo mas fuerza que el asco que le inspirara el hombre. De modo que el negro se acercó y lo ayudó a deshacerse de los peces que se había tragado, junto con alguna que otra caracola que se le atorara en la garganta.

También formó el infelíz un gran charco en el lugar donde se hallaba, con el agua de los bolsillos y de sus lágrimas. Pablo, ese gran negro pescador, lo consolaba diciéndole que tranquilo, que ya no se iba a morir de ahogado. Y el desventurado decía que mejor era que se hubiera quedado sumergido en lo más profundo de las olas revueltas de ese mar de madrugada. Pero lo que más extrañó al pescador, fué que el hombre rescatado de las algas, casi le suplicó que no dijera que lo había encontrado.

Y lo ayudó. Pablo le prometió que no le contaría a ninguno que lo había visto alguna vez; porque la pupila de pescado muerto del desconocido le produjo una cierta aprensión. Después olvidaría el motivo que lo obligó a tomar esa decisión.

Lo primero fué pues, arrastrar al hombre camino hacia su casa, olvidarse de atarraya y pesca. Lo hizo de mala gana, puesto que, como ya sabíamos, estaba dispuesto a llevarse la comida del día atrapada en su red.

Poco a poco se fueron dejando la playa del cielo oscuro, pero con luna. Se fueron alejando de la barquita que todavía Pablo no encontrara. Y se acercaron al pueblo, donde la luz mercurial de las lámparas, impuestas por el gobierno anterior, daban una impresión de modernidad apresurada a las casas pintadas de cal.

Como era Navidad, el pueblo entero estaba ya despierto. No parecía que fuesen apenas las cinco de la madrugada. La brisa se había detenido en las copas de los árboles y la gente tenía que salir temprano a la calle para refrescarse. No le gustó ni un poco al pescador, que todos sus amigos se encontraran jugando al dominó al amparo de la luz artificial en el camellón. Y se hizo el sordo cuando uno de ellos, Juan, al verlo con ese peso escurriendo por su hombro, le preguntó que quién era ése.

Hizo como si no le hubiese escuchado.

Siguió tirando de él, por el camino empinado de piedra que pasa cerca de la iglesia, a pesar que los niños dejaron sus balancines y pelotas para observar la inusitada escena.

Incluso cuando se acercó a la casa de Doña Inés, para pedirle prestados un par de bollos para el desayuno; en el momento en que la negra le preguntara que qué haces arrastrando a ese ahogado; incluso en ese momento, Pablo permaneció en silencio.

Luego tuvo que correr las cortinas de popelina con rabia, porque, ya dentro de su casa, los vecinos querían averiguar desde las ventanas qué clase de pesca había hecho ese día el negro. Por supuesto ya no sintió compasión, cuando acomodó al hombre en su única hamaca, y para el sólo estiró unas sábanas en el piso de tierra.

Sintió su estómago protestar cuando el extraño le dió las buenas noches, no sin que antes le advirtiera por última vez que cuidado con decir a cualquiera que lo había encontrado tirado y exangüe, cerca de los matorrales de la playa, en ese contrariado amanecer.

El golpe del día lo despertó y recordó con desesperanza que sí, que se había tropezado con alquien casi muerto en la orilla del mar. Que lo había recogido, y que ahora estaba durmiendo en su propia hamaca. Alguien acerca del cual no tendría que hablar para nada con nadie. Se levantó y no lo llamó, sinó que más bien se comió los bollos que le prestara doña Inés. Luego salió a tomarse una cerveza en la casa de ella, antes que se acabara la hora del desayuno.

El ruido de los pájaros mañaneros pidiendo agua y la brisa del sur acompañaron al negro en su melodioso andar por la calle que lleva a la iglesia, justo al frente de donde termina el paseo de los cocoteros.

La Inés lo vió venir, asomada en el callejón, y se preparó a inquirir por la naturaleza y orígenes del extraño hombre que llevaba Pablo, cuesta arriba y cuesta abajo, apenas en la madrugada. Destapó la cerveza que sacó del aserrín y se la sirvió cuando el negro estaba diciendo buenos días, después de empujar la puerta, entreabierta a propósito.

Que qué estabas haciendo esta mañanita Pablo con ese hombre tan raro en el hombro.

Y Pablo callado.

Que mira hombre, que por tu bien, no debes recoger todo lo que dá tu red.

Y Pablo se tomó un sorbo de cerveza.

Que andá hombre, no vengas con desconfianzas conmigo, si no me cuentas…

Y Pablo abrió la boca, se tomó el resto de cerveza de un solo sorbo; para luego dar la espalda y largarse por la misma puerta entreabierta. Los niños continuaban jugando y volvieron a verlo callejear; por un momento no se escucharon sus risas y gritos en el parque. Estaban ensimismados al ver el mutismo de Pablo, otrora tan conversador.

El sol estalló sobre las piedras del camellón donde se paseó el negro ese día. El pensó que ya era hora de llamar al invitado y decirle que se fuera por donde había venido. Pero cuando llegó a la casa gritando : Náufrago, náufrago, nadie contestó.

Volvió a experimentar ese aire de cosa rara, irracional y desquiciante que lo había movido a traerse a un extraño a casa; cuando fué hasta su hamaca y sólo encontró sal húmeda, algas podridas y caracolas en ella.

Pero por un momento también se alegró de no haber hablado con nadie y para nada, acerca de ese pobre aparecido. Pensó que luego volvería y se quedó todo el día sin salir, deseando su presencia en cualquier instante.

No llegó ni en ese día, ni al siguiente.

Desesperado, y a la orilla de enloquecer, Pablo se diriguió al tercer día de árida espera donde su amiga doña Inés, con el pretexto de otra cerveza.

Por el camino se volvió a encontrar con los chiquillos que se habían despertado por el calor, y aprovechó para preguntarles por el extraño. Ellos se bajaron de los balancines y respondieron a coro que qué extraño.

Cuando entró a tomarse la cerveza, doña Inés indolente le dijo que no sabía de qué le estaba hablando, cuando el pescador le hizo la misma pregunta que le había sugerido a los chicos.

Y ya se estaba ocultando el sol de los venados, cuando se encontró con su amigo Juán en la plaza de las palmeras, mirando a lo lejos, escudriñando el horizonte. Su amigo lo invitó a jugar al dominó.

Pero cuando lo tuvo frente, y éste lo miró con apenas oculta curiosidad, no se atrevió a preguntarle nada a Juán, ni Juán nada a Pablo.

©LuzMaríaCabralesLlach2015

 

Acerca de vazuge

Actualmente vivo en una isla, lejos de Colombia y Barranquilla, el lugar de mi inspiración está al otro lado de la puerta en un marco de Palmeras Reinas que sólo se dan en Gran Canaria, España.
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