SENTADA EN LA ARENA

Abordaré la crónica con un hecho actual. Sin utilizar su nombre verdadero, por respeto a su intimidad, diré que una joven canaria de veinte años llegó a Sao Paulo el pasado mes de Julio, Margarita la llamaré –dejando a su madre, soltera para más inri, sumida en su primera gran crisis existencial.

Añadiré otro personaje real, Lucrecia, de profesión abogada. Actualmente trabaja en el parlamento español y tampoco diré su verdadero nombre ni el partido para el que trabaja. Esta amiga a la que conocí hace veinte años o así (¡Margarita estaba naciendo entonces!), un día me recomendó y prestó un libro, “Las enseñanzas de Don Juan”.

Este libro es de Carlos Castaneda, nacido peruano y nacionalizado norteamericano. De profesión Antropólogo.

Debo añadir por lo pertinente, que Lucrecia y yo nos conocimos en este país, pero ambas somos extranjeras, aunque ambas nacionalizadas españolas.

Como pueden deducir estos “Quienes” de la crónica los llamaré “Los buscadores” que, aunque las principales son de sexo femenino, los secundarios no tienen edad, nacionalidad ni porvenir, como decía Facundo Cabral en su canción, No soy de aquí ni soy de allá.

Me considero uno de los “buscadores”, puesto que mi deseo de alejarme de mi lugar de nacimiento comenzó por allá por el 1968 de la era hippie, el 68 del Movimiento Mexicano de izquierdas; el 68 en la que el mundo quiso rebelarse contra el capitalismo, o el conformismo. En ese año leí casi todos los libros de EL TESORO DE LA JUVENTUD, una enciclopedia que me mostró con fotos en blanco y negro el mundo que me esperaba para ofrecerme mi lugar en él.

Bueno,  pero iba por el momento en el que me prestaron el libro “Las enseñanzas…” por aquellos días, más próximos en el tiempo, estaba ya estableciendo mis primeros lazos con mi residencia actual, en un pueblo del norte de Gran Canaria. Desde hacía varios lustros que habitaba en Madrid y estaba contemplando la posibilidad de cambiar toda mi vida. En ese libro un brujo Yaqui llamado Don Juan, le pide a Carlos Castaneda encontrar su sitio en el zaguán sintiéndolo con los ojos. Añado que Carlos Castaneda inicialmente solicitó ser instruido sobre la planta de peyote. Don Juan le señala que “podrá tener en cuenta dicha petición siempre y cuando el señor Castaneda tuviera claridad de mente y propósito con respecto a lo que le había preguntado”.

Tras horas intentando encontrar su sitio Castaneda finalmente encuentra “el sitio” y “el enemigo”. Don Juan le dice a Castaneda que  esos dos lugares son la clave del bienestar de un hombre, especialmente si busca conocimiento. “El mero acto de sentarse en el sitio propio crea fuerza superior…en cambio, el enemigo debilita e incluso puede causar la muerte”.

Bueno, encontré “el sitio”. Decirlo ahora suena vacuo o hueco. Pero les puedo jurar que jamás pensé que ese sitio existía. Durante mi vida había estado en muchos lugares. Mi trabajo me llevaba a visitar distintos países de varios continentes. Vivía en Madrid pero no me sentía madrileña.

Aprender o enseñar que se puede aprender algo nuevo conlleva el desaprender. Creo que aprendí cual era mi sitio porque permití que Don Juan me llevara a la percepción nueva que brindaba su cultura y no la mía.

Margarita estudia arquitectura y sobre la arquitectura y acerca  del “lugar” Jacques Derrida, ciudadano francés nacido en Argelia, considerado uno de los pensadores y
filósofos contemporáneos más influyentes, dijo: “La cuestión de la arquitectura es de hecho el problema del lugar, de tener lugar en el espacio. El establecimiento de un lugar que hasta entonces no había existido y que está de acuerdo con lo que sucederá allí un día: eso es un lugar”.

Y añade que dijo Mallarmé, otro poeta francés ce qui a lieu, c’est le lieu, en español “lo que tiene lugar es la ubicación”. O sea que uno antes inventa el lugar y luego lo habita. Es como si fuéramos de forma definitiva dueños de nuestro destino.

Gran Canaria, Agosto

©Luzmaríacabrales2017

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NO ME SALEN LAS CUENTAS














Nací con veintiséis años, ahora ya dejo atrás cincuenta y nueve de vida. Veintiséis tenía cuando llegué. Siempre soy inocente, o mejor, todos los días entra en mi universo de caribeña un pedacito de esta monarquía parlamentaria; esta segunda república arrebatada.

Si, vivo en España, perdón, el Reino de España y actualmente estoy bajo la jurisdicción de la Autonomía de las Islas de Gran Canaria; aunque he pasado más de un cuarto de siglo viviendo en la Villa y Corte de Madrid.

Hace poco tiempo, el diecinueve de julio, para ser más exactos, que se suicidó Miguel Blesa. Decirlo en este lado del mundo es una obviedad. Todos saben que Miguel era el gerente de Bankia imputado por usar tarjetas “Black”.

Tenía casi setenta años y una ecuación que ponía de un lado su edad, mas sus cargos, más lo que se había gastado en la vida.  No salían las cuentas para vivir de forma sosegada, así que equilibró la balanza llevándose el trofeo de su vida por delante, como todo un experto cazador: poniendo la escopeta de su propiedad en la zona donde termina el esternón y empieza el corazón. Después, según la prensa “La muerte de Miguel Blesa fue certificada a las 8.40 horas, constatando que había sido causada por la perforación en el tórax de una bala de rifle”.

En ese momento casi, o unos minutos después, recibí la llamada de Bankia. Si, de ese banco que Miguel gerenció y que produjo el derribo de la clase media española con sus preferentes. También ayudaron el derroche de sus ejecutivos que usaron tarjetas opacas al fisco (“Black”) con tal de tirar el dinero público, es decir, la casa por la ventana.

Me llamaban, no para comunicarme mis condolencias, obvio, sino para cobrar los dos recibos pendientes de la hipoteca de la casa que compré en el año dos mil cinco. El año en el que Miguel recibió la medalla del mejor banquero de una entidad financiera.

Si, si, les dije a los del banco que iba a pagar en dos días uno de los dos recibos. Hice esto, pagar.  Enseguida, de forma automática, puse la televisión para tomarme los cereales, el café y las noticias nuestras de cada día.

De golpe pasaron ante mi vista los doce años que hace que conocía a Miguel. No, no que lo conocía, si no que creía que sabía quién era.

Porque saber quién es alguien es una amalgama de elementos que pueden ser algebraicos, por ejemplo, sabemos que podemos sumar mis veintiséis años de vida en mi tierra natal, Colombia, mas veintinueve de aporte a las arcas del estado donde vivo actualmente, por medio de mi trabajo a terceros (los bancos); menos la supervivencia a una enfermedad; es igual en el presente, al final de mi cincuentena, a mi ilusión de vivir a tope mi tercera vida.

En cambio para Miguel, hago números y éstos no me cuadran, porque él, en sus primeros treinta y seis, compartió algunos de esos años, un piso con alguien llamado Aznar, quien lo lanzó al cargo que le permitió   “depredar” las arcas de la Monarquía Parlamentaria Española o el Estado en las siguientes dos décadas . Más una década de juicios; más una sentencia judicial a punto de ejecución, es igual, en el presente suyo, a cenizas.

Aunque quedan y cómo, los hechos, porque como dijo el escritor Aldoux Huxley “Los hechos no dejan de existir aunque se les ignore”.

@Luzmariacabrales2017

 

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OSIRIS O EL PESO

 

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Sé que mi hija April te ha dado una alegría inmensa al aceptarte como su amiga en el Face. 
Aunque no conocías a mi hija, porque nació cuando tú vivías en España y no pasabas por Barranquilla –mucho menos ibas a pasar por Atlanta; no recordabas su nombre, o no lo querías recordar porque llamarse April no te cuadraba para una niña. 
Lo que pasó es que mi muro se llenó de comentarios en cuanto tuve el accidente al llegar a Indian Shores. Estabas en el Super, con la compra de los viernes allá en ese pueblo llamado Mazo, de tu Isla Bonita, un lugar al que ya nunca iré pero que desde aquí veo perfecto que es el lugar ideal para vivir. Como te iba diciendo, ibas buscando tomates pera, cuando te sonó el timbre de bicicleta que tienes asignado a la entrada de un comentario en tu muro; tienes un comportamiento habitual –no te preocupes, April también lo tiene; y tuviste que entrar en tu Face para ver mi rostro en una de las últimas fotografías que me hicieron. Esa que puso la foto fue mi nuera que vive con Julián (¿te acuerdas de él, el hijo de Tomás?) en el Condado de Erie, en Alden. No la conoces, digo, a mi nuera, pero como puso en el muro Un nuevo ángel entró en el cielo, pues tú te quedaste pensando “¡Esa Lili sí que está gorda!”. No se te pasó por la cabeza que había muerto. No entiendo en qué estabas pensando cuando mi nuera puso esa tontería del ángel. 
Y así te hubieras quedado una década más sin saber de mí, pero a tu hermana Valeria no se le ocurrió otra cosa que llamarte por Skype –bueno, primero te mandó un whatsapp. “¿Estás en tu casa?”; y enseguida “Te llamo por Skype, ponte”. No necesitó más de dos frases para decirte que ni siquiera mis hijos se habían recuperado aún del susto que se les metió en el cuerpo, cuando se enteraron de la torta que me pegué en la Carretera Estatal de Florida, la A1A, en el cruce con Jacksonville Beach. 
Esa noche se repetía en tu mente una y otra vez esa vuelta de campana que me mató. Comenzaste otra vez con tus comportamientos habituales a preguntarle a tu hermana por whatsapp que cuántos hijos tenía yo; de cual marido era cada hijo; incluso a preguntarle a la pobre de la Valeria si no tenía una foto conmigo de esta última navidad cuando ella estuvo en Tampa y yo la acerqué hasta el aeropuerto para que volviera a Barranquilla. 
Te pusiste a rebuscar en la memoria cuando fue la última vez que escuchaste mi voz. ¿Quince años? ¿Veinte? Yo si me acuerdo, fue aquella vez que llamé a tu casa de Bellavista, mi mamá ya tenía la cabeza dañada, pero tenía ganas de escucharla, así que llamé y tú me contestaste. Me asusté, no sé porqué y lo único que se me ocurrió decirte fue Ay Carolina, ya estamos viejas, a lo que tú reaccionaste Vieja estarás tú, yo estoy joven. Si, fue hace veinticinco años. 
Ahora el tiempo no existe. ¡Fíjate que día tan brillante! Estás tú aquí a mi lado como si nada, tomándote un cubata. ¿A que no tienes sueño ni hambre? Fíjate que montón de gente bailando Piepelúo. Los músicos parecen borrachos, pero escucha: tocan bien. ¿Tú crees que si estuviéramos todos vivos, ya no nos habríamos caído patas abajo con el montón de alcohol que llevamos en las venas? 
Me preguntas que porqué estás tú aquí en lugar de Cuquita y David si tú estás viva y ellos no, yo te contesto que no es algo que yo pueda manejar. Estás aquí tal vez porque siempre tuve algo que decirte y no pude. 
Verás, te diré que a lo mejor, Norman Mailer tiene algo que ver en todo esto. Cuando estudiaba en El Hebreo Unión, tú todavía venías a mi casa del Prado, mi mamá no te había prohibido la entrada. Si, eso fue como en el setenta o así, todavía Janis estaba viva, ahora anda por ahí en otro cuerpo. Bueno, para resumir, en esa época me encontré un libro que se llamaba…Noches de la Antigüedad…una historia de los egipcios, en la que un hombre llamado algo así como Menenhe…bueno, da igual, ese hombre cuenta como si nada la historia de sus cuatro vidas, la historia de su viaje al Mundo de los Muertos. Creo que me influyó mucho más que la historia de la resurrección de Jesucristo que me contaba mi mamá a falta de la clase de catequesis, debido a que se empeñó que estudiara en ese colegio de judíos. 
Que sepas que aún estoy en el limbo. Y aunque me bautizaron como tú muy bien sabes, a toda la intendencia de por aquí le pilló por sorpresa mi accidente y ya me han hecho saber que aún no han decidido si mandarme para arriba o para abajo. En el medio estoy muy bien. Y aunque no tengo consistencia, cuanto más le dan al Me Gusta en el Face, más ligera me siento. Por ahora aparezco a voluntad en aquellos sitios de parranda a los que fui contigo, apenas celebramos los quince. 
De tal forma que la primera vez que me di cuenta que ya la había palmado, estaba aquí tan contenta, contigo en esta finca a la que vinimos a la boda de los Dangond. Cuando éramos dos chicas, dieciséis teníamos. Me di cuenta que esto no podía ser cierto porque yo te he visto en el Face y ya no eres ninguna niña. Pues en esta fiesta estábamos como cuando tú me cogías la ropa porque estaba más nueva que la tuya… ¡Y te sentaba tan bien! 
Andaba yo por ahí como soñando. Nada de invitación a recorrer un túnel, no te creas. Seguía tan campante en aquella boda que duró siete días y siete noches. Allá en Córdoba. Aquí, que supongo yo, que está entre el Tibiri y el Tábara, cuando iba por la octava noche y estábamos sentadas en una de las docenas de alargadas mesas repletas de invitados, tú con Dago y yo con Juan José –las primas con los primos, tú llevabas el entero verde que te quedaba como un guante. Yo, algo más discreta con el traje que me hizo Dorita. Los pelaos de traje perfumados y aún sobrios, siempre sobrios. En ese momento me di cuenta que debía aliviar el peso de mi corazón. 
Ven y te explico. Aunque sabía que estaba muerta, eso no me preocupaba. Es egoísta de mi parte, pero tampoco me preocupaban ni mis hijos, ni mis nueras, ni mis yernos. Pero como quiera que esta eterna fiesta me producía hastío, comencé a sentir ese desasosiego que creía ya extinguido respecto a lo que me pasó contigo. En el libro de los Muertos, ese del que te hablé. O ese del que Norman Mailer sacó su novela, se explica que para poder convertirme en inmortal, debía contrapesar mi corazón con una pluma. Mi corazón pesaba un quintal por la traición que había cometido contigo. Supongo que es por eso que estábamos aquí; porque debo justificarme ante ti. 
No, no me digas que me has perdonado. No digas que fue un malentendido. Es verdad que mi mamá nos escuchó hablar en la cocina acerca de lo mucho que deseabas ser otra. U otro, depende de cómo se mire ahora. Al día siguiente de tu confesión, yo te defraudé contándole a mi mamá que tú querías ser un hombre. 
No me extraña que ahora guardes silencio. Como cuando mamá te dijo que no volvieras por nuestra casa del Prado. Siempre te recordaba, y me preguntaba que qué sería de tu vida. Luego se inventó esta maravilla del Face y pude ver tu nuevo aspecto. ¡Qué buenmozo te quedaste! 
Al principio no aceptabas ser mi amigo en el Face, tal vez porque el nuevo apellido Walker, no te sonaba de nada. Pero ante mi insistencia y al ver a Liliana Walker, caíste en cuenta de que era yo, tu prima, con la que jugaste primero a las muñecas y luego a tener novio. Ahora sé que los guardianes del inframundo serán afines a mí, ahora que te he contado la verdad. Por eso Cuquita y David no están aquí, porque ellos han apaciguado a los guardianes de las puertas del inframundo. ¡Por cierto!, subí al Face una foto que nos hicimos juntos en el salón de la tía Elvira en el momento de mayor gloria de juventud; deseándoles un hasta pronto que no cumplió mis expectativas, porque en vez de ellos estabas tú. Comprendí que seguiría en este banquete bebiendo y comiendo hasta la eternidad si no descargaba ese secreto. Osiris, es la que pone la levedad de la pluma de la justicia en la balanza donde está mi corazón. Osiris, mi primo, eres tú. 
Ahora ya me voy sintiendo más ligera, pero aún no he perdido mi temperamento curioso y juguetón, y me complace ver que April ha visto la foto en la que la etiquetaste, y le ha dado al Me Gusta. Tú viendo que estaba ahí no más, al otro lado del muro como los otros trescientos y pico de seguidores tuyos, le has enviado un mensaje, por fin, que rompiera ese miedo a que supiera de ti. Le has enviado un comentario: ¿Por qué te llamas April? Se lo has mandado en inglés, pero ella te ha contestado en español. Es que mi mamá me dijo que Abril había sido el mes en el que se había celebrado una boda en Córdoba, en la que estuvo contigo casi siete días y sus noches. Ella fue muy feliz. 

©luzmaríacabralesllach2017
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¿Qué harías si se hiciera realidad la peor de tus pesadillas?

Era extraño, pero al despertar no sabía si había soñado con su padre o había sentido que era él mismo. Que su padre Israel y el mono que estaba tirado, muerto a tiros en el pasillo, era la misma cosa.

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EL NEGRO PABLO Y EL NAUFRAGO

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Sus pies se enterraron en la arena húmeda, y Pablo sonrió. Percibió sus dedos apretando la atarraya; le ilusionó lo que podría pescar con ella. El supo, — porque la mar estaba revuelta con el aguacero de la noche anterior — que la red no estaría perezosa y le procuraría cualquier pescado bien grande para cocinarlo él mismo, ayudado por los carbones bajo la parrilla.

Esta ilusión lo movió a través de la orilla de la playa, describiendo el sendero de sus huellas, en busca de su cayuco. Cuando de pronto, escuchó un jadeo entrecortado, como de bestia herida.

Al principio pensó que se lo estaba imaginando, pero luego, cuando lo volvió a oír, sintió que se le erizaban los pelos de la nuca; no obstante, permaneció con la mirada atenta y el paso seguro. Dos minutos después se tropezó con el náufrago.

Tenía el aspecto desmadejado, sucio y moribundo que corresponde a un verdadero escapado de la boca hambrienta del mar. Pablo – el pescador con atarraya -, nunca había visto a una persona tan cubierta de algas y conchas marinas. Y cuando se le acercó, el olor salado de las oquedades del océano le golpeó las aletas de la nariz, hasta tal punto, que el hedor le provocó ganas de vomitar. Pero pudo más la lástima, tuvo mas fuerza que el asco que le inspirara el hombre. De modo que el negro se acercó y lo ayudó a deshacerse de los peces que se había tragado, junto con alguna que otra caracola que se le atorara en la garganta.

También formó el infelíz un gran charco en el lugar donde se hallaba, con el agua de los bolsillos y de sus lágrimas. Pablo, ese gran negro pescador, lo consolaba diciéndole que tranquilo, que ya no se iba a morir de ahogado. Y el desventurado decía que mejor era que se hubiera quedado sumergido en lo más profundo de las olas revueltas de ese mar de madrugada. Pero lo que más extrañó al pescador, fué que el hombre rescatado de las algas, casi le suplicó que no dijera que lo había encontrado.

Y lo ayudó. Pablo le prometió que no le contaría a ninguno que lo había visto alguna vez; porque la pupila de pescado muerto del desconocido le produjo una cierta aprensión. Después olvidaría el motivo que lo obligó a tomar esa decisión.

Lo primero fué pues, arrastrar al hombre camino hacia su casa, olvidarse de atarraya y pesca. Lo hizo de mala gana, puesto que, como ya sabíamos, estaba dispuesto a llevarse la comida del día atrapada en su red.

Poco a poco se fueron dejando la playa del cielo oscuro, pero con luna. Se fueron alejando de la barquita que todavía Pablo no encontrara. Y se acercaron al pueblo, donde la luz mercurial de las lámparas, impuestas por el gobierno anterior, daban una impresión de modernidad apresurada a las casas pintadas de cal.

Como era Navidad, el pueblo entero estaba ya despierto. No parecía que fuesen apenas las cinco de la madrugada. La brisa se había detenido en las copas de los árboles y la gente tenía que salir temprano a la calle para refrescarse. No le gustó ni un poco al pescador, que todos sus amigos se encontraran jugando al dominó al amparo de la luz artificial en el camellón. Y se hizo el sordo cuando uno de ellos, Juan, al verlo con ese peso escurriendo por su hombro, le preguntó que quién era ése.

Hizo como si no le hubiese escuchado.

Siguió tirando de él, por el camino empinado de piedra que pasa cerca de la iglesia, a pesar que los niños dejaron sus balancines y pelotas para observar la inusitada escena.

Incluso cuando se acercó a la casa de Doña Inés, para pedirle prestados un par de bollos para el desayuno; en el momento en que la negra le preguntara que qué haces arrastrando a ese ahogado; incluso en ese momento, Pablo permaneció en silencio.

Luego tuvo que correr las cortinas de popelina con rabia, porque, ya dentro de su casa, los vecinos querían averiguar desde las ventanas qué clase de pesca había hecho ese día el negro. Por supuesto ya no sintió compasión, cuando acomodó al hombre en su única hamaca, y para el sólo estiró unas sábanas en el piso de tierra.

Sintió su estómago protestar cuando el extraño le dió las buenas noches, no sin que antes le advirtiera por última vez que cuidado con decir a cualquiera que lo había encontrado tirado y exangüe, cerca de los matorrales de la playa, en ese contrariado amanecer.

El golpe del día lo despertó y recordó con desesperanza que sí, que se había tropezado con alquien casi muerto en la orilla del mar. Que lo había recogido, y que ahora estaba durmiendo en su propia hamaca. Alguien acerca del cual no tendría que hablar para nada con nadie. Se levantó y no lo llamó, sinó que más bien se comió los bollos que le prestara doña Inés. Luego salió a tomarse una cerveza en la casa de ella, antes que se acabara la hora del desayuno.

El ruido de los pájaros mañaneros pidiendo agua y la brisa del sur acompañaron al negro en su melodioso andar por la calle que lleva a la iglesia, justo al frente de donde termina el paseo de los cocoteros.

La Inés lo vió venir, asomada en el callejón, y se preparó a inquirir por la naturaleza y orígenes del extraño hombre que llevaba Pablo, cuesta arriba y cuesta abajo, apenas en la madrugada. Destapó la cerveza que sacó del aserrín y se la sirvió cuando el negro estaba diciendo buenos días, después de empujar la puerta, entreabierta a propósito.

Que qué estabas haciendo esta mañanita Pablo con ese hombre tan raro en el hombro.

Y Pablo callado.

Que mira hombre, que por tu bien, no debes recoger todo lo que dá tu red.

Y Pablo se tomó un sorbo de cerveza.

Que andá hombre, no vengas con desconfianzas conmigo, si no me cuentas…

Y Pablo abrió la boca, se tomó el resto de cerveza de un solo sorbo; para luego dar la espalda y largarse por la misma puerta entreabierta. Los niños continuaban jugando y volvieron a verlo callejear; por un momento no se escucharon sus risas y gritos en el parque. Estaban ensimismados al ver el mutismo de Pablo, otrora tan conversador.

El sol estalló sobre las piedras del camellón donde se paseó el negro ese día. El pensó que ya era hora de llamar al invitado y decirle que se fuera por donde había venido. Pero cuando llegó a la casa gritando : Náufrago, náufrago, nadie contestó.

Volvió a experimentar ese aire de cosa rara, irracional y desquiciante que lo había movido a traerse a un extraño a casa; cuando fué hasta su hamaca y sólo encontró sal húmeda, algas podridas y caracolas en ella.

Pero por un momento también se alegró de no haber hablado con nadie y para nada, acerca de ese pobre aparecido. Pensó que luego volvería y se quedó todo el día sin salir, deseando su presencia en cualquier instante.

No llegó ni en ese día, ni al siguiente.

Desesperado, y a la orilla de enloquecer, Pablo se diriguió al tercer día de árida espera donde su amiga doña Inés, con el pretexto de otra cerveza.

Por el camino se volvió a encontrar con los chiquillos que se habían despertado por el calor, y aprovechó para preguntarles por el extraño. Ellos se bajaron de los balancines y respondieron a coro que qué extraño.

Cuando entró a tomarse la cerveza, doña Inés indolente le dijo que no sabía de qué le estaba hablando, cuando el pescador le hizo la misma pregunta que le había sugerido a los chicos.

Y ya se estaba ocultando el sol de los venados, cuando se encontró con su amigo Juán en la plaza de las palmeras, mirando a lo lejos, escudriñando el horizonte. Su amigo lo invitó a jugar al dominó.

Pero cuando lo tuvo frente, y éste lo miró con apenas oculta curiosidad, no se atrevió a preguntarle nada a Juán, ni Juán nada a Pablo.

©LuzMaríaCabralesLlach2015

 

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¿Qué hiciste el domingo?

Se levantaron temprano, como hacía décadas no lo hacían. Tomaron café, conversaron un rato y no siendo aún las 7 a.m., el ruido del motor del “Viejo Willy”, provocaría más de una ahogada protesta bajo las sábanas, en aquella mañana de un domingo de Enero de aquel año 72.

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¡Que tocan la campana!

El primer día de clase.

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LA TERCERA

El tercero fué el gran día. Llegó como todos los días de Diciembre, con viento. Ya lo había dicho mi papá.

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MonteGuaca

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EL PRIMER DÍA DE CLASE

¡ Que bueno es el primer día ! El uniforme nuevo. No hemos visto a nuestros amigos hace tiempo…¡Lástima que hoy hubiera llegado tarde!. La culpa la tuvo Mónica. También sus tías que no la dejaron salir a tiempo para que se comiera las arepas.

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